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Presentación de la Exposición "Ocho manos years older". Cantata. Caridad Blanco de la Cruz. 2004. Agustín Bejarano entró al escenario de las artes visuales cubanas desde el reino de lo abstracto, cual recurso liberador para representar la convulsión y el desenfreno de fenómenos naturales como los huracanes. Esos ciclones que tan frecuentemente cambian con su violencia, de modo abrupto, el paisaje de las islas y de la memoria individual y colectiva, pueden ser vistos desde el ahora narrando los acontecimientos que tuvieron lugar en la palestra internacional a fines de la década del 80 y su repercusión en la vida de esta ínsula que sufrió, como todos sabemos, una gran sacudida en sus propios cimientos. La obra producida desde entonces por Bejarano, tal vez por ello, se sumergió después en ese reducto que es lo individual, pero sobre todo en el espacio reservado a la intimidad de su familia, recién nacida en aquellas circunstancias. Ese giro, sin embargo, no dejaba al margen su relación con lo social. El artista fue en pos del hombre, de sus creencias, de su ética, de su virtud o de su ausencia, pero sobre, todo hacia la fibra del ser y su espiritualidad y fue como un viaje al centro de lo humano, a sus esencias y no a la apariencia diluida en la mascarada del teatro que se instala en los momentos duros. No se precisa ahora distinguir su maestría en el grabado o la pintura dado que esa maestría ha estado por más de una década al alcance de todas las miradas. Lo que resulta singular, trascendente, y un tanto inadvertido ha sido su búsqueda del patrimonio social más puro y que tuvo su nacimiento en Brisas del alma. Allí, desde lo antropológico, comenzó a revisitar la tradición y la vida misma para discernir en torno al subterfugio de esas múltiples negociaciones, encontronazos y conjunciones que se producen en el hogar y la familia dentro de un análisis donde se evaluaba un fragmento de lo individual por el todo social, sin barnices idílicos y con cierta rudeza. No quedaron fuera la religión, las incomprensiones, el sufrimiento, el amor, la intolerancia, el deseo y el machismo arraigado. Las vivencias del artista, han tenido un protagonismo en su acercamiento al contexto como dominio más amplio de ese propio sentido de la vida doméstica, al buscar las esencias del país, de la nación, de su identidad. Ha realizado, además un registro de la sabiduría y las tradiciones populares, las que fueron sin duda el punto de partida para fomentar una relación natural con José Martí. En Tierra Fértil comenzaría a aparecer, como un elemento recurrente, la figura del Apóstol. Un Martí nación en la pintura, tierra él mismo, timonel o colaborador de Bejarano en una acción purificadora, pero tan íntima como la hora del baño. Mientras, en el grabado, esculpía nuestra isla ante la mirada del artista y su esposa y, otras veces junto a ellos edificaba, restauraba, transformaba, limpiaba. En 1995 Bejarano se encontraba en un punto dentro de su trabajo que propiciaría sustanciales transformaciones, las cuales tuvieron una repercusión en el abordaje de los diferentes temas que se sucederían con el tiempo. Del mismo modo, sobrevendría la maduración de conceptos que se definirían ya desde entonces, acerca de la representación de la ciudad (y la sociedad en general), así como las convenciones que sobrepasarían su clásica pertenencia a géneros tradicionales como serían los temas de las naturalezas muertas, el retrato, la pintura religiosa, el retrato de corte histórico y el paisaje, en una apertura más explícita en torno a lo público y lo contextual. Con Tierra húmeda, realizó un juego entre abstracción gestual y una figuración dada por medio de notables disolvencias, algunos de los elementos apuntados con anterioridad comenzarían a detonar. Retornó a la tierra como Magna Mater, pero sobre todo hubo un regreso al hombre genérico, a sus orígenes y esencias. La tierra era principio y fin, pero también la paridora, esa, “la tierra de nuestras entrañas”. No fueron gratuitos el goteo, el raspado y las texturas, ni siquiera infundados su regodeo en lo onírico o en lo mítico, casi a la manera de un niño que vuelve a su lugar de nacimiento mirándolo ahora todo con unos ojos caladores. Eran otra vez, los pies desnudos, vueltos de andar sobre el suelo rugoso y el retorno a ese sentimiento que nos hace “amar el rincón de la tierra donde se conoció la hermosura del mundo, y la pena y el cariño que nos van ligando a él” Este fue también el momento en que el artista contrastó el lugar de donde provenía y con mundo urbano en el que ahora él se haya inserto. Se ocupó entonces de describir y discernir acerca de la esencia del ciudadano y de la espiritualidad del campesino ligado indisolublemente a su terruño. Dejó constancia además de la descomposición de valores tenidos como seculares y del empobrecimiento espiritual abrumador en el medio urbano. Quedan en el camino como señales de su transitar Marea baja, Angelotes Las coquetas, Paisaje y naturaleza muerta y Anunciación. Todas estas series han dejado la evidencia de que Bejarano ha sido a todas luces un artista que ha rehuido los estilos con un vivo interés por la renovación de temas profusamente abordados en la historia del arte, como sucedió también con el retrato en su serie Cabezas mágicas. Allí jugó a desdibujar clásicas morfologías, ensalzando la épica de lo cotidiano. Cotidianeidad que en su sencillez y fugacidad construye la epopeya del hombre común. Hubo un lugar para los adioses, la espera, las heridas y también para lo salvaje, los naufragios y las metamorfosis. Desentrañaba así el artista la urdimbre del acontecer y, al mismo tiempo, de la memoria desde lo individual, para entregarnos un bosquejo de su propia experiencia a través de muchos de los seres marginados del gran discurso de la historia. Luego, en Imágenes en el tiempo, Bejarano estableció una distancia crítica con las convenciones de la retratística heroica. Los Martí que habitaron sus obras no pertenecían a los pedestales. Eludió la solemnidad para regodearse en los afectos hacia el hombre que la historia endurece y aleja del ser común. El artista animó, en estos, sus retratos de Martí, una pintura que reflexionaba sobre un pensamiento, una sensibilidad, una ética; la de un hombre único (no perfecto), pero paradigmático, dado al cultivo del sacrificio, la justicia, el amor y la ternura. Un ser entregado a la liberación de su país, pendiente al mismo tiempo del destino de América, con un ideario válido para la humanidad toda. Hombre que se alzó siempre por encima de sus soledades, de sus angustias y de la fragilidad física de su cuerpo. Apuntó al (re)crear a estos Martí - nuestros- lo relacionado con la inmanencia de su pensamiento visionario e iluminador y lo consecuente de sus actos. Por eso lo convirtió en múltiples ocasiones en ser alado, equivalencia de mensajero, de guía, con el vigor de un colibrí sostenido en la corriente del tiempo. Por eso la figura de Martí aparecía sobre andamios y escaleras, a mitad de camino entre los sueños y las asperezas de la realidad, entre las utopías y el viaje que significa concretarlas. Ahí estaba esa, su mano grande, instrumento del hacedor, del dador. Su cuerpo, tierra. Su cuerpo, manantial. Es la memoria -la germinativa como diría Cintio Vitier-, el subterfugio y parte del proceso a partir del cual Bejarano lo trajo nuevamente. Era así como cada uno de esos Martí constituía un segmento del relato de su imagen, hecha de una sustancia que resiste al tiempo, que lo sobrepasa vívida. Comprometida con la espiritualidad que manó de Imágenes en el tiempo, y desde el interior de ella misma, entremezcladas durante un tiempo en que era todavía difícil y precipitado un deslinde definitivo, es que se definió la más reciente serie de Agustín Bejarano, denominada Los ritos del silencio. Bejarano recreó la dramaturgia de la memoria (es decir su historia) y tras asumirla, fue posible llegar a ciertos estados de permanencia. La nueva serie viene a ser un ahora inmediato –o si se prefiere- un presente que denuncia en su instantaneidad, el drama de la existencia humana, consumiéndose en su propia inmediatez. Nada de clásicos tienen los parajes hacia donde nos ha llevado con pericia de cirujano, tras abrir un profundo tajo para mostrarnos algunas problemáticas que asfixian a la sociedad contemporánea: la falta de comunicación, la soledad y la fragilidad e impotencia del hombre actual antes los magnos conflictos que gravitan sobre él. No se erigen, sin embargo, éstas obras desde lo mítico o lo místico sino en el caudal de lo cotidiano, cobrando un sentido especial la elección de seres humildes y comunes en medio de sus avatares con el tremendismo de la voz ausente; fuerza para resguardar el dolor verdadero, de su simulacro y, de la debilidad que hay a veces en la confesión del mismo. Estos hombres aparentemente pequeños, puestos sin azar por Bejarano en sus paisajes, son la tensionante visión del drama humano, de la lucha por los sueños, la esperanza, la pasión; por cada fragmento de la vida misma que se debate entre los límites que las circunstancias imponen. Hombres de cualquier modo gigantes buscándose a sí mismos. Este hombre ecuménico, genérico en el cual han quedado retratados los puros, los desamparados, los que no tienen nada que perder, me hacen pensar que la humanidad es algo más que números, que serán necesarias muchas más almas y manos, para detener a esa especie de tsunami cada vez más peligrosa que amenaza con destruir ese hogar nuestro más grande, el planeta, con una guerra cada vez más irracional, que puede alcanzar a todos en cualquier parte. Ya Bejarano ha hecho desde su lugar lo suyo, nos toca ahora a todos, romper muros de silencio cada vez más altos. Ocho manos son un gran comienzo, pero si sumamos las nuestras y las de tantos otros, haremos posible que todo cambie y no quede espacio para la indiferencia, ni el desamparo. Pongo aquí las mías, junto a las de la artista y me pregunto ¿ desde donde vendrán las otras manos?. ¿Serán acaso las de ustedes también de las primeras?. Si así es, entonces no habrá canción para el adiós, sino una cantata por la vida. |
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