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Constelaciones. Galería la Acacia. La Habana. Cuba. 2007.

Agustín Bejarano: Por los laberintos de las constelaciones. Jorge Rivas Rodríguez Foto: Carlos Herrera.

La exposición Constelaciones, en La Acacia, revela una nueva faceta en el complejo imaginario de Bejarano

Desde tiempos remotos, el hombre siempre ha tratado de interpretar y reflejar de forma metafórica el universo, intuitiva curiosidad en la que la observación astronómica propició la recreación, casi siempre mágico-religiosa, de los dibujos de constelaciones más antiguos conocidos; primitivas manifestaciones artísticas pre-históricas, entre las que se encuentran las realizadas en conchas, vasijas y tableros de juego en el sur de Mesopotamia, donde floreció la civilización sumeria, alrededor de cuatro mil años antes de Cristo. Y ese empeño por relacionar el cosmos con la existencia humana ha perdurado a través de la evolución de la humanidad y, por tanto, del arte como viva expresión de ese proceso, el cual incentivó la prolífica imaginación del maestro Agustín Bejarano Caballero (Camagüey, 1964) a realizar sus más recientes obras, por estos días exhibidas en la capitalina galería La Acacia.

Aunque igualmente imbuidas de ese interés por escrudiñar los misterios de la más arcaica divinidad adorada por el hombre, la Madre Naturaleza, en esta ocasión no nos enfrentamos a la recreación artística de las 88 agrupaciones de estrellas que aparecen en la esfera celeste bajo el nombre de Constelaciones, —título seleccionado para esta muestra—, sino a la compleja comunión del planeta que habitamos, como parte de ese universo, y los problemas más latientes del hombre de este tiempo, es decir, el estudio iconográfico y poético de lo personal y lo social, lo terrestre y lo cósmico, a través de un arte con un sagaz contenido simbólico, cuyos antecedentes se remontan a la serie Huracanes (1989).

Pero Constelaciones revela una nueva faceta en el complejo imaginario de Bejarano, en el inagotable desarrollo y la transformación constante de su producción plástica. En estas obras (pinturas, instalaciones y esculto-pinturas) combina el empleo de la resina y la fibra de vidrio, la madera, los textiles y sus ya probados resultados en el uso de la pulpa de papel. Técnica e imágenes se fusionan para conformar el prodigio de estas novedosas obras, las cuales constituyen extraordinarios juegos de tensiones entre diversas expresiones del arte, conexión entre el dibujo y el lenguaje del color, para configurar un perfil que también une lo físico y lo metafísico, y lo litúrgico con lo real maravilloso extraído de la vida misma.

Esa particular visión sobre la pintura y la fascinación por buscar nuevos materiales que posibiliten variedad de soluciones plásticas, le han permitido escudriñar otras dimensiones de la (su) realidad y del mundo, proyecto que prolonga sus ya antológicos trabajos sobre el equilibrio entre el ser y el no ser, el bien y el mal, lo conocido y lo desconocido… imaginería que encontró fértil y profusa continuidad en la serie Los ritos del silencio, en la cual comenzó a incursionar entre los años 2002 y 2003, como consecuencia de sus profusas derivaciones ideoestéticas en Imágenes en el tiempo (1998-2002), conjunto de piezas que propiciaron nuevos derroteros en su proyección artística, fundamentalmente en la fuerza del discurso pictotridimensional, cosmogónico y primigenio.

Bejarano establece toda una constelación de ideas y narraciones pictográficas dentro de su individual espacio existencial, el cual también es parte del infinito. Y en esta muestra consolida la crítica analogía con los mundos humanos y la relación entre ellos, tema que comenzó a potenciar en sus exposiciones realizadas en el año 2006 bajos los títulos de Abismos (Museo Nacional de Bellas Artes) y Crepúsculos (Museo Ignacio Agramonte, de Camagüey). “Cada hombre carga con un mundo particular, lleno de incertidumbres y misterios, también de complejas relaciones”, ha dicho el artista.

Y asume ese empeño con la convicción de que en tanto explora sus propios medios expresivos, provoca en el espectador una suerte de encantamiento y misteriosa complicidad en el entendimiento (o interpretación) de la vida. Ejercicio pensado en términos de fidelidad a sí mismo y a lo que cree. Y él cree en el arte.

En las variables dimensiones de estas obras de marcado carácter matérico —seleccionadas entre diferentes grupos de piezas, con diferentes realizaciones pero con similar propósito—, en su mayoría igualmente realizadas en formatos de sugerente simbolismo cósmico, emergen, además, configuraciones caprichosas, unas veces surgidas al azar y otras, provocadas por la perseverancia del acto creador, durante el cual el artífice va superponiendo capas de resinas y pigmentos, unas sobre otras, hasta alcanzar el vórtice. Materias vivas que, en conjunto, estructuran estas piezas cuyos discursos también se enriquecen de sí mismas, de su morfología orgánica, para integrarse como parábolas de la huella del hombre.

Esta exposición responde a una curaduría realizada a partir de la selección de un conjunto de obras que forman parte de un proyecto más abarcador, en el que incluyen esculturas realizadas en hierro y técnica mixtas, entre otras propuestas que podrán ser apreciadas el año entrante. En La Acacia encontraremos un (otro) instante en la fértil e incesante creación de Bejarano, quien invita a transitar por los laberintos de las constelaciones de la (nuestra) vida y la naturaleza. Y propone reflexionar —y también disfrutar—, con ternura y espanto, mediante la crítica mirada de sus hábiles y testarudas proyecciones.

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