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Agustín Bejarano: Por los laberintos de las constelaciones. Jorge Rivas
Rodríguez Foto: Carlos Herrera.
La
exposición Constelaciones, en La Acacia, revela una nueva faceta en el
complejo imaginario de Bejarano
Desde tiempos remotos, el hombre siempre ha tratado de interpretar y
reflejar de forma metafórica el universo, intuitiva curiosidad en la que la
observación astronómica propició la recreación, casi siempre
mágico-religiosa, de los dibujos de constelaciones más antiguos conocidos;
primitivas manifestaciones artísticas pre-históricas, entre las que se
encuentran las realizadas en conchas, vasijas y tableros de juego en el sur
de Mesopotamia, donde floreció la civilización sumeria, alrededor de cuatro
mil años antes de Cristo. Y ese empeño por relacionar el cosmos con la
existencia humana ha perdurado a través de la evolución de la humanidad y,
por tanto, del arte como viva expresión de ese proceso, el cual incentivó la
prolífica imaginación del maestro Agustín Bejarano Caballero (Camagüey,
1964) a realizar sus más recientes obras, por estos días exhibidas en la
capitalina galería La Acacia.
Aunque igualmente imbuidas de ese interés por escrudiñar los misterios de la
más arcaica divinidad adorada por el hombre, la Madre Naturaleza, en esta
ocasión no nos enfrentamos a la recreación artística de las 88 agrupaciones
de estrellas que aparecen en la esfera celeste bajo el nombre de
Constelaciones, —título seleccionado para esta muestra—, sino a la compleja
comunión del planeta que habitamos, como parte de ese universo, y los
problemas más latientes del hombre de este tiempo, es decir, el estudio
iconográfico y poético de lo personal y lo social, lo terrestre y lo
cósmico, a través de un arte con un sagaz contenido simbólico, cuyos
antecedentes se remontan a la serie Huracanes (1989).
Pero Constelaciones revela una nueva faceta en el complejo imaginario de
Bejarano, en el inagotable desarrollo y la transformación constante de su
producción plástica. En estas obras (pinturas, instalaciones y
esculto-pinturas) combina el empleo de la resina y la fibra de vidrio, la
madera, los textiles y sus ya probados resultados en el uso de la pulpa de
papel. Técnica e imágenes se fusionan para conformar el prodigio de estas
novedosas obras, las cuales constituyen extraordinarios juegos de tensiones
entre diversas expresiones del arte, conexión entre el dibujo y el lenguaje
del color, para configurar un perfil que también une lo físico y lo
metafísico, y lo litúrgico con lo real maravilloso extraído de la vida
misma.
Esa particular visión sobre la pintura y la fascinación por buscar nuevos
materiales que posibiliten variedad de soluciones plásticas, le han
permitido escudriñar otras dimensiones de la (su) realidad y del mundo,
proyecto que prolonga sus ya antológicos trabajos sobre el equilibrio entre
el ser y el no ser, el bien y el mal, lo conocido y lo desconocido…
imaginería que encontró fértil y profusa continuidad en la serie Los ritos
del silencio, en la cual comenzó a incursionar entre los años 2002 y 2003,
como consecuencia de sus profusas derivaciones ideoestéticas en Imágenes en
el tiempo (1998-2002), conjunto de piezas que propiciaron nuevos derroteros
en su proyección artística, fundamentalmente en la fuerza del discurso
pictotridimensional, cosmogónico y primigenio.
Bejarano establece toda una constelación de ideas y narraciones
pictográficas dentro de su individual espacio existencial, el cual también
es parte del infinito. Y en esta muestra consolida la crítica analogía con
los mundos humanos y la relación entre ellos, tema que comenzó a potenciar
en sus exposiciones realizadas en el año 2006 bajos los títulos de Abismos
(Museo Nacional de Bellas Artes) y Crepúsculos (Museo Ignacio Agramonte, de
Camagüey). “Cada hombre carga con un mundo particular, lleno de
incertidumbres y misterios, también de complejas relaciones”, ha dicho el
artista.
Y asume ese empeño con la convicción de que en tanto explora sus propios
medios expresivos, provoca en el espectador una suerte de encantamiento y
misteriosa complicidad en el entendimiento (o interpretación) de la vida.
Ejercicio pensado en términos de fidelidad a sí mismo y a lo que cree. Y él
cree en el arte.
En las variables dimensiones de estas obras de marcado carácter matérico
—seleccionadas entre diferentes grupos de piezas, con diferentes
realizaciones pero con similar propósito—, en su mayoría igualmente
realizadas en formatos de sugerente simbolismo cósmico, emergen, además,
configuraciones caprichosas, unas veces surgidas al azar y otras, provocadas
por la perseverancia del acto creador, durante el cual el artífice va
superponiendo capas de resinas y pigmentos, unas sobre otras, hasta alcanzar
el vórtice. Materias vivas que, en conjunto, estructuran estas piezas cuyos
discursos también se enriquecen de sí mismas, de su morfología orgánica,
para integrarse como parábolas de la huella del hombre.
Esta exposición responde a una curaduría realizada a partir de la selección
de un conjunto de obras que forman parte de un proyecto más abarcador, en el
que incluyen esculturas realizadas en hierro y técnica mixtas, entre otras
propuestas que podrán ser apreciadas el año entrante. En La Acacia
encontraremos un (otro) instante en la fértil e incesante creación de
Bejarano, quien invita a transitar por los laberintos de las constelaciones
de la (nuestra) vida y la naturaleza. Y propone reflexionar —y también
disfrutar—, con ternura y espanto, mediante la crítica mirada de sus hábiles
y testarudas proyecciones.
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