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Catálogo. Rufo Caballero. Naufragos de la Totalidad. Exposición Art-fair, Toronto, Canadá. 2003.
Un buen día el pintor, el novelista, el escultor, se levanta de súbito, va a la ventana, regresa, y no puede reconocer lo que ha pintado, escrito, esculpido. Tiene ante sí no el mundo transfigurado, sino el mundo. No el mundo, sino un mundo. La relación de dependencia se ha invertido y el mundo comienza a pender entonces de su imaginación. El ser se percata de que ha sido, hasta hoy, un creador; no un artista. Un artista es ahora, cuando tiene la fuerza de construir su propio modelo, de esgrimir una realidad que no se encuentra en parte alguna, ni siquiera en forma remota o escurridiza. El hombre se volvió demiurgo sin saber cómo. Le parece obra de un milagro, gentileza de la gracia divina. La página se escribió sola; la pintura se urdió sola. El artista recibe el salto de un día para otro; es incapaz de prever que siglos de conocimiento, muchos años de búsqueda fraguaron de pronto en una fuerza, en una violencia que corre por su cuerpo y termina en la mano gestora. No se puede explicar un proceso de conversión que crecía de la prescindencia, de la capacidad de abandonar el mundo, hasta crearle. En la poética de Agustín Bejarano siempre hubo una esencia cósmica que fundaba algo, que se adentraba en el todo, sin pretender describirlo. Al anunciarse esa poética, con la serie “Huracanes”, de 1989, señalé en algún texto el nexo que apreciaba entre los propósitos del emergente Bejarano y la constelación definitiva que supone la obra de Wifredo Lam. No por razones morfológicas, que apenas asistían, sino en vista de un secreto afán conceptual: estudiar la manera recóndita e impresumible como se teje el mundo orgánico, en sus mil componentes e interconexiones. Era espléndida la temprana madurez con que el creador observaba la autosuficiencia del mundo, su aleph intrincado y perdido. Lo entreveía, lo intuía, sin alcanzar a explicárselo. Era un mundo connotado, que no hallaba la palabra, el orden del raciocinio, la virtud de la filosofía. Por eso era un mundo huracanado. De ninguna manera el joven Agustín Bejarano hubiera podido encontrar, en medio del caos que intentaba ordenar, la paz interior que es facultad del artista luego de un peregrinaje que tiene de solaz y de calvario a partes iguales, y que suele rendir un único y determinante saldo: el conocimiento. Cuando pinta “Fronteras humanas”, catorce años después, Agustín Bejarano lo entiende ya todo. Debe considerarse un elegido, porque el tiempo ha sido mínimo. A la mayoría de los creadores se les pasa la vida y se les escapa el principio de esa otra creación mayor. No llegan nunca a inventar el mundo. En cambio Bejarano ofrece en esta serie venida de los “Paisajes y naturaleza muerta” (1999) y las “Anunciaciones” (2000), la representación serena de un edén sublimado, en la medida en que el nuevo mundo respeta cada ingrediente, fuerza, figura, sentimiento, del mundo conocido, sin reducirse a ser él por un segundo. La fórmula de la conversión no la sabrá jamás nadie; y aún menos que nadie, Bejarano. Nadie debe pedirle explicaciones acerca del funcionamiento interno de este paradiso militar, en donde el deseo busca expresarse a espaldas de un orden fálico de posesión y confinamiento. Delante de los falos con casco, las mujeres viven su retozo erótico, pleno y calmado. No es gratuita la asociación del lesbianismo a una idea fantasmal de la plenitud: la preterición de la testosterona vence la represión y la escena se inviste de un sabio clasicismo, como si la contienda de los sexos resolviera una historia secular de guerras, martirios y violentaciones. No obstante, siendo que ellas se realizan en el ensimismamiento, son cuerpos mutilados, cansados de Historia, espectrales.
“Fronteras humanas” vendría a consumar la expresión última de esa como sospecha que he leído siempre alrededor del trabajo de Bejarano: la vocación abstracta. Ni siquiera deponiendo toda figuración, el artista podría informar de una representación tan abstracta como esta, y soy consciente de la tensión que habita ese trabado lazo entre representación y abstracción. Es tan potente en términos filosóficos, antropológicos y visuales, que se permite, con toda holgura en medio del escenario clásico, los indicios de pertenencia a los que el autor no puede renunciar: sus típicos Martí constructores, ya verdaderos pronombres en la poética de Bejarano; la resolución del montaje de planos pictóricos un poco al modo de Marcelo Pogolotti, aunque con mayor soltura en la interpenetración de los ilusorios estamentos de realidad; los árboles edénicos trocados en fulgurantes palmas y en frutos tropicales. De esta forma el artista devela que el conflicto de su representación, entre cierre y apertura, isla y viaje, paraíso y martirio, habita antes su misma condición de hombre sorprendido en un aquí y ahora de cualquier manera involucrador y seductor. Si convenimos con la Estética tradicional en cuanto a que la forma sanciona o autoriza el significado, el edén de Bejarano es un paraíso sufrido, como si la austeridad del color, que extrae una milagrosa luminosidad de los matices ocres y acres, hablara por el recogimiento y el sufrimiento de una historia de retracciones. En las obras de Bejarano se siente una filosofía de la luz. Los colores articulan una luz que a su vez estructura la composición y la “realidad”, esa luz determina y delimita espacios, marca el recorrido de la mirada; hace, en suma, el mundo de Bejarano, quien se ha percatado de que La Habana es una ciudad debida a la luz, herida de luz, consumida por la luz. Una ciudad en la que la intensidad lumínica aniquila la variedad del color y los muros acaban siendo texturas desconchadas de un palimpsesto de grises, beiges, colores-tierra. Con su estilo de sobriedad y síntesis, Bejarano desautoriza el jubileo del estereotipo según el cual el Caribe es puro colorido, fiesta y pachanga, abanico y hamaca. Por lo contrario, él emprende un viaje al rostro mismo de una identidad que se reconoce en el padecimiento y la contención de la euforia. Por mucho que cautive el sereno clasicismo de su belleza,
resulta una obra de percepción tan difícil cuando sus ideas principales
brotan de los significantes mismos y no de los significados primarios a que
pudiera conducir el repertorio temático de la representación. Ahí está el
reto interpretativo del trabajo actual de Agustín Bejarano.
En 1982, mientras Agustín Bejarano mostraba un par de inquietantes cuadros en la Escuela Nacional de Arte, como parte de la exposición Paisaje Abril, el demoledor filme El contrato del dibujante, del performer inglés Peter Greenaway, aseguraba que nunca el arte, ni siquiera en las estancias de mayor galantería, puede prescindir de su costado referencial. Y vemos cómo el gran dibujante insular ha parido su mundo más independiente e incontaminado al tiempo que ofrece la alegoría menos divorciada de esta otra totalidad álgida en que intentamos, de todos modos, inventarnos un remanso de hechicería. |
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