|
Palabras del Catálogo. D. Mateo. Coartadas del tiempo y la memoria.
A lo largo de estos años dedicados a la
crítica de artes plásticas, he conocido un sinnúmero de pintores
obsesionados con la idea de pintar en gran formato. Creo que hasta podría
advertir un par de argumentos que han contribuido a interconectar las
distintas exteriorizaciones de tal actitud en nuestro contexto: por un lado,
la necesidad imperiosa de desbordar los límites expresivos del imaginero,
una necesidad que puede derivar lo mismo de la conciencia experimental del
creador, que el indicio formal de la obra; y por el otro, la lógica y no
menos restringida propensión a asociar las prerrogativas de una imagen de
holgadas dimensiones con los estadios de legitimación y trascendencia, en
contraste con la escasez material o la estandarización de los soportes a la
que hemos estado sometidos durante años de precariedad económica.
Sin embargo, aún cuando la inclinación
misma de Agustín Bejarano hacia la pintura de gran tamaño, esté relacionada
también, de manera más o menos explícita, con algunas de las causas que han
inducido la ampulosidad pictórica entre la mayoría de sus conterráneos; su
precedente real se asienta en un hecho que es todavía mucho más proporcional
y raro: se trata del influjo que llegaron a ejercer en su percepción
artística los procedimientos creativos de vallas políticas. Proporcional, en
tanto se advierte una relación vertical, espontánea, entre la actitud
inicial de acercamiento al paradigma y los móviles que indujeron la
implantación posterior dentro de su estilo artístico; y raro, en tanto se
explicita una voluntad de asimilación descontaminada, capaz de sortear el
mero pretexto de lo apologético para caer de lleno en lo que concerniente a
los artilugios técnicos y las implicaciones estéticas de su uso.
Esta experiencia de confrontación con el
ámbito de las vallas, se remonta al período de transición entre las décadas
del 60 y el 70, cuando Bejarano era solo un infante observador y un tanto
avispado, de apenas 8 o 9 años de edad, y cuando la propaganda gráfica en
Cuba desbordaba en casi todas sus vertientes una gran pericia técnica y
originalidad, muy lejos de estos tiempos de finales y principios de siglos,
en los que - a pesar de la apertura hacia nuevas tecnologías y recursos- se
puede constatar una práctica redundante en la mediocridad y el mal gusto.
Cuando Bejarano rememora aquella época de
su niñez, siempre la valora como la más decisiva para la consumación de su
vocación como pintor y dibujante: ¨Creo que en realidad yo fui un niño
bastante precoz, pues a los 4 o 5 años comencé a hacer los primeros trazos.
Mi madre no se dio cuenta al principio de la trascendencia que esto tenía,
del significado que podía acarrear para mi formación toda aquella cantidad
de papeles dibujados que se iban acumulando desde una edad temprana. Sin
embargo, mi padrino sí se dio cuenta de la vocación que había en mí, pues él
tenía determinada sensibilidad para descubrir lo que nadie era capaz de ver.
Él trabajaba en la Unidad de Actos de Camaguey, a donde me llevaba a pasear
con cierta frecuencia. Yo anhelaba pintar como se pintaba allí, pues no
había otra referencia más importante que esa. Dibujaba mucho en aquel
taller, tomando como referencia los rostros de los héroes que estaban
componiendo. Me atraía sobremanera la concepción gráfica de los elementos
dispersos entre si, abstractos, casi indescifrables; la incógnita que había
detrás de aquellos procesos de realización y montaje; era como enfrentarse a
una serie de enormes rompecabezas, los cuales no se armaban hasta que eran
colocados en su lugar de destino¨. (1)
Tales palabras de Bejarano recogidas en
una extensa entrevista que próximamente saldrá a la luz en un monográfico
reflejan por sí solas el profundo impacto que aquellos procedimientos de
diseño y reproducción ejercieron en su formación como artista; pero mejor
aún, ellas, como ningún otro testimonio, ponen en evidencia una línea
ascendente dentro de la cual el discernimiento de un método, de una pauta
compositiva, ha ido adquiriendo una conciencia pertinaz; a primera vista
algo contrastante con el propio espíritu de impugnación y cambios que ha
caracterizado la trayectoria de este artista de la plástica, avalado por un
compendio de más de 12 series diferentes en el reducido lapso de unos 10
años.
Son varios los subterfugios que en la
pintura de Bejarano parecen tener su basamento en aquella tentativa de
intercambios con el universo de las vallas; tal es el caso del esbozo
sintético de las imágenes; la fragmentación o difuminación dentro del cuadro
de elementos pertenecientes a una misma apariencia, sólo reconocibles desde
un ángulo visual más bien integrador; el alargamiento desmesurado de las
extremidades humanas a semejanza de enormes tubérculos; el empleo de
tipografías e ideogramas dentro del cuadro que, aún sin significado
aparente, intentan remitir a la retórica tradicional de los anuncios (nada
más tangible en este orden que la serie de las Anunciaciones de 1999); y el
énfasis en la adaptación de la retratística heroica, abordada desde la
perspectiva de la figura a medio cuerpo, una opción que se me antoja por
momentos apegada a los cánones más arraigados del busto escultórico, y de la
que es deudora en buena medida también la publicidad ideológica.

Con mayor, o menor énfasis, cada uno de
estos subterfugios pueden encontrarse en la generalidad de la obra de
Agustín Bejarano; desde la archi conocida exposición Huracanes hasta la más
reciente muestra de la Fundación Habana Club, titulada Cabezas Mágicas;
únicamente diferenciadas tal vez en cuanto a su incorporación dentro de una
expresividad por momentos un poco más abstracta o figurativa, sosegada o
impetuosa. No obstante hay tres conjuntos expositivos: Tierra Húmeda (1996),
Marea Baja (1997) y Metáforas de la salvación (2001), donde esta clase de
apropiación alcanza un punto culminante, y por extensión, una funcionalidad
verdaderamente notoria; pues a través de ellos el artista circulará hacia
una metodología específica de estructuración del cuadro, que influirá de
manera definitoria en su modo de creación… Que me perdonen los devotos del
grabado, o de otras etapas pictóricas en la vida de Bejarano incluso, no
sería yo de los que traicionarían fácilmente esa vieja predilección por sus
impresos en acetato-; pero es en el tiempo que pretexta la elaboración de
esos tres conjuntos donde cuaja la síntesis; donde se integran de manera
armónica cada uno de los códigos devenidos de aquella visualidad superlativa
descubierta en la niñez, los cuales venía aflorando de manera intermitente
hasta ese preciso instante dentro de su producción artística. Tampoco
debemos dejar de reconocer que en dicho período todo lo redundante o
excesivo del dibujo se va decantando y sus normativas se envisten de una
mayor sintonía con la pintura; y por consiguiente, las texturas y los
colores logran también condensarse y transferir su valor de manera más
explícita hacia la diligencia del símbolo. Podríamos mencionar como obras
paradigmáticas de ese significativo progreso Espantapájaros (1997), Arenas
movedizas (1997), La mona (1997), y La Isla Oscura I y II (1997).
También en el sustrato de este grupo de
obras se irá fraguando una noción de la existencia, con raíces profundas en
las preocupaciones humanistas y en el anhelo constante de redención; cuya
máxima elocuencia se alcanzará por medio de las alegorías reiteradas a la
figura de José Martí (pienso, digamos, en piezas imprescindibles como
Imágenes en el tiempo I, II y III, 1997, Sangre de héroe, 1997 y Caminante
Americano 1997). Debemos aclarar que a través de ellas por primera vez, y
como pretextos de excepción comenzarán a converger en un mismo entorno
ficcionable, artificio y sujeto; o sea, fórmulas, mecanismos que insinúan,
entreven, el ámbito representativo de las vallas, y formas que sugieren la
presencia de uno de los arquetipos visuales sobredimensionados por ella: el
héroe. Aunque a estas alturas, dicha extrapolación subvierte por completo
los tradicionales sentidos de lo denotativo, ya que renuncia dentro del
abordaje artístico de la imagen a cualquier vestigio de solemnidad o culto
que pueda desviarnos de l influjo de su referencia; creando algo así como
una especie de antagonismo frente al aura habitual con que se envuelven
estos tipos de personajes ilustres; y no contento con ello, hace interactuar
esa imagen con una serie de parábolas complementarias, con las cuales se
refuerza la proximidad y contingencia del dilema o asunto dentro del que
ella se inserta, como la alusión a un paisaje típicamente cubano en señal de
pertenencia; el uso de craqueluras para crear una contraposición entre lo
estéril y lo fértil; la sobredimensión de las manos como analogía de
conexión a la tierra, como conducto hacia la fecundidad; la colocación de
alas en los protagonistas y la introducción de escaleras en algunas escenas,
como símil de la utopía o la encarnación de un ideal autónomo y elevado; el
montaje de un paralelismo entre el remo y la condición de insularidad,
aspecto este indicativo de un fenómeno tan preocupante como el del éxodo. De
igual forma podemos resaltar también la interrelación inspirada entre la
sangre, el surco y las arterias, como homologías de un pensamiento que ha de
ser expandido, propagado entre la colectividad; y la adición de flores o
espigas en la composición general del cuadro, detalle que ha inducido un
grupo de especulaciones por parte de la crítica acerca de la concertación
singular del elemento kitsch dentro de su discurso; especulaciones a las que
siempre Bejarano prefiere responder con un criterio extremadamente comedido:
¨Las flores que utilizo en los cuadros de José Martí tienen un carácter de
ofrenda, de homenaje; provienen de una práctica habitual en la llamada
¨cultura de masas¨; tipifican una manera popular de rendir tributo a la vida
y el pensamiento de un gran hombre… Nada tiene que ver con una intención
personal de hacer un arte Kitsch; me apropio del símbolo de una forma noble,
hacendosa, y lo pongo a funcionar dentro de un lenguaje más culto, dentro de
una concepción filosófica mucho más ecuménica¨(2)
Para nadie es desconocido que la imagen de
Martí ha sido recurrente en la pintura de Agustín Bejarano; y que ella ha
funcionado como una especie de ejercicio de exorcismo, de purificación para
consigo mismo y su nivel de conciliación con el contexto. Aunque desde su
etapa de estudiante en la Escuela Nacional de Arte a la actualidad, tal
abordaje ha sufrido una transformación considerable, eficaz desde casi todos
los puntos de vista. Atrás han ido quedando, por ejemplo, el sencillo
regodeo en la fisonomía del apóstol, la grácil personificación - cincel y
martillo mediante - de su misión restauradora; la invocación desesperada de
su espíritu desde lo introspectivo y visceral de la existencia doméstica…
Como resultado de un proceso que se complejiza, a la par que adopta como
prioridad absoluta la indagación en los fundamentos de un ideario, de una
filosofía, por sobre el protagonismo del ser, la imagen de José Martí ha ido
trasluciendo poco a poco una estampa cada vez más impersonal, indistintiva;
que en consecuencia no sólo refuerza su eficacia de comunicación dentro del
área nacional, sino que también comienza a ser decodificada y validada por
un público foráneo altamente especializado (3).
La Acacia con carácter de serie,
denominada Imágenes en el tiempo, no sólo constituye la continuidad de una
obra emprendida en 1997, en las que las doctrinas del maestro se esgrimen
contra la amnesia cultural, sino también infieren un momento de giro en el
tratamiento de la personalidad histórica, de disolución de sus valores en
una metáfora mucho más genérica…; tendencia ésta que no sería nada
advenediza o fortuita, por cierto, si tenemos en cuenta la valoración que se
ha formado Agustín Bejarano acerca del alcance contemporáneo del Apóstol:
¨En mi criterio, el pensamiento de José Martí es uno de los más universales
de la historia de la cultura cubana y latinoamericana, sus enfoques
trascienden la inmanencia de su propia vida; tienen una vigencia enorme en
los momentos de crisis que estamos viviendo, y es por eso que llamo la
atención a través de mi pintura sobre el hecho de que, en las esencias de
esos enfoques, podríamos encontrar nuevas formas de encarar y dar respuestas
a nuestros más acuciosos problemas¨. (4)
Notas:
(1) Entrevista realizada al artista en el año 2001, entre los
meses de octubre y noviembre.
(2) En el 2001 Bejarano fue invitado a participar en una exposición
colectiva organizada por The Elkon Gallery, de Nueva Cork, con uno de sus
cuadros dedicados a José Martí. La muestra se titulaba La belleza y la
fuerza, y en ella compartía espacios con figuras de la talla de Wifredo
Lam, Roberto Matta, Diego Rivera, Rufino Tamayo, y Fernando Botero, entre
otros.
(3) Ibídem
(4) Ibídem
|