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De la musa, el mito y Bejarano. José Veigas Zamora. Palabras de la Inauguración. 2006.
Recién casados en Camagüey, se habían mudado directamente de la ciudad natal de ambos -donde pasaron su luna de miel, en el Hotel Plaza de esa ciudad- para un barrio del Marianao profundo, con el sugerente y sonoro nombre de Cocosolo, colindante con el mío, llamado Zamora, aunque nadie ha alcanzado a explicarme dónde empieza uno y termina el otro. Como información adicional no debe omitirse un dato de mucha importancia, corrían los severos pero felices años del Periodo Especial. El dibujo de Bejarano, fechado en 1992, muestra a la pareja aparentando unos años más y un montón de kilogramos de sobrepeso. Hasta la reciente aparición del libro del artista donde aparece una considerable parte de su producción artística entre 1987 y 2005, no tuve conocimiento de que ese modesto dibujo, que se encuentra en mi colección, era una de las primeras representaciones donde el pintor figuró en compañía de Aziyadé, su esposa-musa, devenida mito, tal y como proclama el título de esta exposición.
De estas breves reflexiones de carácter antológico podemos colegir que la presencia y tratamiento del medio familiar en la obra de Bejarano es excepcional en la plástica cubana. El propio artista ha dicho: “Tomé la imagen de Aziyadé y la mía como pretextos figurativos (aún no había nacido mi hijo Pablito, pero cuando luego nace, también lo comienzo a integrar de la misma forma)”. Pero sería su rostro, así como algunos rasgos externos de Aziyadé, como las variaciones en el peinado y las alteraciones en el volumen corporal, los que emplearía con más frecuencia. De mil y un rostros parece apropiarse esta dama que se agiganta y se comprime hasta convertirse en figura decorativa de un pastel; que viste grandes atavíos o queda sin ropajes; que puede ser extraño ángel o un demonio; madre amantísima y esposa. Después de decenas de versiones de su cuerpo y rostro podía esperarse un agotamiento de esta imagen, reiterada pero versátil, sin embargo, es entonces cuando Bejarano emprende la serie La coqueta, conjunto de diez grabados sobre plástico, donde retoma el rostro de Aziyadé, y lo lleva –me atrevería a decir- hasta sus últimas consecuencias. En cada pieza nos muestra una mujer diferente, algunas en situaciones extremas, en otras dócil y, valga la redundancia, a veces coqueta. Sin temor a equivocarme, creo que desde el punto de vista artístico se trata de una de las series más significativas de la historia del grabado cubano contemporáneo.
Así las cosas, Bejarano decide, por primera vez, reunir una colección de obras insólitas y extraordinarias, algunas muy conocidas y otras inéditas, todas con la presencia latente de la musa, aunque, al convertirse en mito, su rostro vaya siendo cada vez menos reconocible. En fin, asistimos a una exposición para deleitarnos, realizada, no por puro hedonismo, sino para revelarnos ciertos procesos internos que se desarrollan en la obra de un artista y que, por lo general, se disuelven en las antologías y retrospectivas. José Veigas Zamora
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