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Las quimeras del errante. Pan America Art Gallery – Art Project. Miami. U.S.A. 2007.


EL SUJETO NO HA DEJADO DE MORIR. Por Rufo Caballero.

Si existió un recorrido fascinante a lo largo del siglo XX fue el viaje emprendido por el sujeto, siempre en relación con los problemas de la identidad y la alteridad, es decir, de la escucha del Otro.

Los años sesenta proclamaron la muerte del sujeto. Por un lado, se refería la crisis del humanismo y la metafísica occidental, que venían hostigando al ser con un fundamentalismo de la existencia sin muchas posibilidades en la vida contemporánea. De otro, se hablaba, más que de la muerte del sujeto, del deceso de un paradigma de sujeto, ese que hacia el segundo lustro de los años treinta luchara por volverse universal: el hombre blanco, occidental, heterosexual, que excluía al Otro dentro (la sexualidad, el subconsciente) como al Otro fuera (el negro, el indio, la mujer, el gay, el comunista; incluso, los niños y los ancianos).

A partir de los años sesenta, empieza a romperse la “distancia correcta” entre el ser y su Otro; y más que todo, el Otro cultural comienza a ser escuchado. Para los noventa del siglo XX, el sujeto pareciera restituido, en forma de un sujeto multicultural, que acoge decenas de subjetividades. Algunos teóricos aludieron efusivos a la vuelta del sujeto (ese que, fuera de ciertos excesos, nunca, en verdad, se había ido), en un sentido heterogéneo y diverso que, se pensó, haría mucho bien a la cultura y la sociedad.

La pintura actual de Agustín Bejarano, sintetizada en su gran serie pictórica “Los ritos del silencio”, parece advertir que, cuidado, cuidado con esa efusividad, pues el sujeto no ha dejado de morir. De algún modo, y con un grado de abstracción que sobrevuela cualquier circunstancialidad o latitud, la pintura de Bejarano ha ido edificando una “teoría emocional” a contrapelo de la celebración finisecular. Esta pintura nos dice, nos confiesa levemente –alejada como está de todo trascendentalismo- que el ser contemporáneo sigue presa de la angustia, de la desolación y el ensimismamiento. Allí donde otros ven razones para el orgullo de lo múltiple, observa Bejarano las antípodas de la felicidad: su hombrecito a caballo, enfundado en su sombrero, discreto y ubicuo, es un ser que sigue estando después de todo, en los márgenes, en el afuera de la realización.

La soledad y el confinamiento hacen de esta pintura reciente un territorio sintomático sobre el repliegue de un mundo que, pretendiendo el solaz de lo global, continúa sin embargo el proceso de segregación derivado de la modernidad. Lo que no quiere decir que estemos en presencia de una pintura dramática, o grave: la sutileza de la metáfora, la levedad de la alusión, y el carácter austero de la hechura, salvan a las obras de la densidad gratuita como del sufrimiento afectado.

Las figuras habituales en el repertorio del último Bejarano son susceptibles de clasificar perfectamente como heterotopías, esos espacios de la mutación donde el ser puede suponer una realización que en todo caso será eventual, ilusiva, transitoria. El bote, los montículos a manera de unas islas dentro de otras, los muelles, puentes y trampolines están muy lejos de reportar al sujeto de estas pinturas una verdadera sensación de felicidad. A lo sumo, pueden sostenerlo en el aire, pueden suspenderlo un rato y hacerle creer que habrá una salvación provisional. Son espacios de una transitoriedad traicionera, que culmina igual en el abandono. En alguna de las piezas, el hombrecito reza desde una esquina del bote; en otra, se encuentra sentado justo al borde de la barca, meditabundo y, efectivamente, errante. Los trampolines, lejos de ser estructuras flexibles, propias del lanzamiento y el paso a otra condición, resultan bloques tectónicos, puentes que conducen a ninguna parte. Trampas; obstáculos allí donde parecían dádivas, ofrecimientos.

Uno de los grandes valores de esta pintura reside en la elocuencia de sus formas. En el trabajo actual de Bejarano, el estilo habla; la forma se comporta como un dispositivo de continuas motivaciones a la referencia y el concepto. Por ejemplo, el craquelado inunda las piezas de una impresión de cráteres, de quebraduras insalvables, de vida vencida por el tiempo. Particularmente, las islas craqueladas resultan espacios agrietados por fisuras que son heridas en los rostros.

Y con ello, la sobriedad. Bejarano nunca ha sido un pintor o un grabador de la desmesura barroca. Sus únicas desmesuras han estado en la monumentalidad de los formatos y en la ansiedad de la experimentación técnica. Pero desde aquella serie mítica de los Huracanes, se percibía la organicidad de quien sabe concretar grandes ideas en estructuras justas, precisas. Hoy día esa gracia ha llegado a la maestría. Bejarano no necesita ni siquiera colores; trabaja más con los valores, los tonos, las gradaciones de una luz eminentemente pictórica. Las formas son sencillas: los motivos y las figuras comportan trazos diminutos en el espacio abierto de una escala que trasciende siempre la estatura de lo humano.

Agustín Bejarano ha llegado hoy a ese momento de la madurez en todo gran artista, cuando el creador maneja a sus anchas el repertorio de posibilidades de lo estético, y es, evidentemente, mucho más un demiurgo que un reproductor de mundos. En el mundo que el artista configura con estas obras, el silencio constituye un rito, siempre que importa documentar, con la libertad genuina del arte, el resentimiento del hombre contemporáneo, cansado de todos los fundamentalismos y de todas las esperanzas de bolsillo. Una pintura que testimonia la huída del hombre a los límites de ninguna parte. Dicho de otra forma, un arte que muestra, sin otro placer que el de la confesión pictórica, los gestos excéntricos (ya fuera del centro) de un sujeto que continúa muriendo.

La Habana, febrero y 2007.

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