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En la punta de un bote, presto a lanzarse a la nada. ¿Vacila este personaje
absorto en su nave cual cuchillo ante la inmensidad? Redondo, nocturno, el
fondo plano y con mucho negro sirve de mar, aquí contradictoriamente
limitado por sus bordes esféricos, cuadro-ojo, cuya pupila está reflejando
ese mismo universo de desamparo.
Esta obra circular, en formato mediano, de Agustín Bejarano, como otras de
la serie Los ritos del silencio, en su reciente muestra personal de Bellas
Artes durante la Bienal de La Habana, delinea ciertamente una fase nueva en
el quehacer del artista que imprime un súbito vigor a la obra.
Y para ser absolutamente franca, llegó un momento en que una llegó a sentir
cierto desasosiego respecto a la creación de Bejarano, inquietud determinada
por los límites indudables que logra imponer el mercado al arte cubano.
¿Podría rebasar el artista el momento al que ya había llegado luego de una
trayectoria en ascenso? ¿No se reiteraban una y otra vez en sus lienzos
aquellos "craquelados" y desolados paisajes por los que muchos ya le
reconocían fácilmente? Entonces, y con la imparcialidad mínima a la que se
debería la crítica, la obra parecía haberse detenido en aquella, su
solemnidad y estratificación últimas.
Más aún. Hacía exactamente una década, Bejarano había logrado mediante
investigaciones matéricas, y con una gestualidad nunca desbordada, referir
un concepto de corpórea sensualidad de la memoria humana en aquella su
exposición Tierra húmeda (1996). ¿Se había eclipsado esa su muy especial
dialéctica creativa? Afortunadamente la dubitación de la crítica sobre el
desarrollo de la obra de Bejarano cedió el paso al ver las obras que se
expondrían en esta muestra que, aunque continúa en la serie que ya ha venido
exponiendo desde el pasado evento de la Bienal, Los ritos del silencio,
ahora nos descubre a un artista dispuesto otra vez a la experimentación con
el soporte y a una más intensa complejidad en la conceptualización de la
obra.
Dos elementos formales concurren en este nuevo espíritu: el formato ovoide o
circular cual simbólica de una cosmología visual, en la que el huevo alude
al principio y fin del universo y la vida. Esta metonimia halla mayor
fertilidad desde un mínimo de empleo de medios, y alcanza más hondura en su
expresión sobre la temporalidad y el hombre, y en específico, en su logro de
trasladar sus preocupaciones sobre el aislamiento del ser humano en medio de
la crisis espiritual que viven las sociedades contemporáneas. El otro es el
empleo de un cromatismo severo, acotado también al valor del soporte que
puede ser pulpa de papel trabajada en texturaciones y drippings (alcanzadas
luego de ejercicios y comprobaciones plásticas del artista en el taller
durante un año de labor). En ese sentido, el abundante uso del negro y
blanco proporciona ese dramatismo, y el logro de determinadas zonas de luz
que irradian del centro de la tela hacia los bordes son esenciales para
causar efectos de profundidad.
Nada más semejante a una imagen del universo mismo, que «es dentro de su
horizonte, como un agujero negro invertido en el tiempo»1 que esas
circulares piezas que se exhiben en Bellas donde una única figura se lanza
al abismo, o hala su astro o providencia (esos artilugios-corazones) en
medio del vacío insondable de la tela.
Vistos más bien desde su declaración íntima más manifiesta sobre el hombre,
la incomunicación y su azar, los ritos del silencio sufren una
transubstanciación nada «divina» en la obra que expone Bellas Artes. Porque
más que la ceremonia de la mudez del hombre, de su impasibilidad ante el
destino individual y la historia, estos «ritos», a los que Bejarano alude en
su título, nos refieren la transgresión más violenta que implica el desafío
del individuo ante su historia, su providencia o su mundo. Bejarano no nos
introduce en las ceremonias del mutismo (como bien dice los títulos de todas
sus obras, los Ritos del silencio, solo identificadas en este caso por un
número y por el nombre de la serie), sino más bien se convierte de hecho en
aquel que nos enfrenta a normas o convenciones que permitan una reflexión
filosófica que induzca a violar esa consagración al parecer fatalista del
hombre ante la soledad, la enajenación o los azares de su suerte (un único
tema recurrente y ejecutado con muchas variaciones por el artista). Bejarano
se torna así en el sacrílego perfecto de sus propio ritos, de sus
invenciones , en las que perdura siempre el sostenido silencio. Me he
permitido esta lectura, que como cualquier otra de un espectador individual,
me permite una recepción humanista, capaz de creer que el hecho de la
representación plástica ya implica denotar un hecho, proclamarlo y que en
esa revelación, de cierto modo no deja de estar la huella de nuestra
esperanza.
Una filosofía del devenir , la de Bejarano es una poética que perfila
nítidamente a Hegel, «no existe nada que no constituya una situación
intermedia entre el ser y la nada». Para ello las metáforas más diversas se
suceden en el enfrentamiento de este aislado protagonista ante la progresión
de la ventura de vivir (su única protección ante el vértigo del espacio
voraz e inusitado ante el que se halla es ese único sombrero, por demás, su
exclusiva individualización como individuo) .
Al mismo tiempo estas piezas, en su síntesis expresiva y su composición, no
dejan de relacionarse con la autoconciencia del artista ante su propia obra
y sus inicios como creador, cuando aún muy joven iba a los talleres de
gráfica y disfrutaba de las mejores vallas que allí se hacían, de ahí el ser
propenso a la economía que aflora en estas obras , asimismo esta última
exhibición no se halla divorciada de la primera cuando se iniciara como
artista, que tituló Huracanes cuando, aún de forma mucho más primaria,
trabajaba los grandes formatos y el tema, todavía en germen, de la relación
hombre-naturaleza.-
Al observar estos cuadros acude por analogía (en cuanto a la reflexión sobre
la soledad del hombre y su representación en una tela por un pintor) esta
valoración que Sartre hiciera sobre pinturas de Giacometti. «¿Cómo pintar el
vacío?(...) En cada uno de sus cuadros, Gioacometti nos remonta al momento
de la creación ex nihilo. Cada uno de ellos renueva la vieja interrogación
metafísica: ¿por qué hay algo y no nada? Y sin embargo, hay algo: esa
aparición obstinada, injustificable y redundante. El personaje pintado es
alucinante porque se presenta bajo la forma de una aparición interrogativa.
»Pero ¿cómo fijarlo sobre el lienzo sin cercarlo con algún trazo? ¿Acaso no
estallará en el vacío como un pez de profundidades abisales llevado a la
superficie del agua?...»2
Como ya escribí alguna vez, la suya es la preocupación por sumergirse en el
hombre para mirar al exterior y su entorno, es por eso que es difícil hallar
una pieza en la que Bejarano no tenga como referente al ser humano La obra
de Bejarano prosigue, quizá, en su mayor conquista que sigue siendo, como ya
he escrito alguna vez, el revelarse como ineludible espiral. Pintura, en
fin, que se realiza en las fronteras de la modernidad, y cuyas obsesiones
recorren una estética de opuestos, una curva siempre ascendente en torno a
su inacabada indagación de la verdad de lo humano.
1 Búsquese en la Red esta reflexión maravillosa de
Stephen Hawking en su charla «El Principio del Tiempo».
2 Jean Paul Sartre. «Las pinturas de Giacometti». En Literatura y
arte. Buenos Aires, Editorial Losada, 1966, pp. 272-273. |