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TABLOIDE NOTICIAS ARTECUBANO. AGUSTÍN BEJARANO, LOS RITUALES DEL SACRÍLEGO. Por Carina Pino Santos. 2007.

En la punta de un bote, presto a lanzarse a la nada. ¿Vacila este personaje absorto en su nave cual cuchillo ante la inmensidad? Redondo, nocturno, el fondo plano y con mucho negro sirve de mar, aquí contradictoriamente limitado por sus bordes esféricos, cuadro-ojo, cuya pupila está reflejando ese mismo universo de desamparo.

Esta obra circular, en formato mediano, de Agustín Bejarano, como otras de la serie Los ritos del silencio, en su reciente muestra personal de Bellas Artes durante la Bienal de La Habana, delinea ciertamente una fase nueva en el quehacer del artista que imprime un súbito vigor a la obra.

Y para ser absolutamente franca, llegó un momento en que una llegó a sentir cierto desasosiego respecto a la creación de Bejarano, inquietud determinada por los límites indudables que logra imponer el mercado al arte cubano. ¿Podría rebasar el artista el momento al que ya había llegado luego de una trayectoria en ascenso? ¿No se reiteraban una y otra vez en sus lienzos aquellos "craquelados" y desolados paisajes por los que muchos ya le reconocían fácilmente? Entonces, y con la imparcialidad mínima a la que se debería la crítica, la obra parecía haberse detenido en aquella, su solemnidad y estratificación últimas.

Más aún. Hacía exactamente una década, Bejarano había logrado mediante investigaciones matéricas, y con una gestualidad nunca desbordada, referir un concepto de corpórea sensualidad de la memoria humana en aquella su exposición Tierra húmeda (1996). ¿Se había eclipsado esa su muy especial dialéctica creativa? Afortunadamente la dubitación de la crítica sobre el desarrollo de la obra de Bejarano cedió el paso al ver las obras que se expondrían en esta muestra que, aunque continúa en la serie que ya ha venido exponiendo desde el pasado evento de la Bienal, Los ritos del silencio, ahora nos descubre a un artista dispuesto otra vez a la experimentación con el soporte y a una más intensa complejidad en la conceptualización de la obra.

Dos elementos formales concurren en este nuevo espíritu: el formato ovoide o circular cual simbólica de una cosmología visual, en la que el huevo alude al principio y fin del universo y la vida. Esta metonimia halla mayor fertilidad desde un mínimo de empleo de medios, y alcanza más hondura en su expresión sobre la temporalidad y el hombre, y en específico, en su logro de trasladar sus preocupaciones sobre el aislamiento del ser humano en medio de la crisis espiritual que viven las sociedades contemporáneas. El otro es el empleo de un cromatismo severo, acotado también al valor del soporte que puede ser pulpa de papel trabajada en texturaciones y drippings (alcanzadas luego de ejercicios y comprobaciones plásticas del artista en el taller durante un año de labor). En ese sentido, el abundante uso del negro y blanco proporciona ese dramatismo, y el logro de determinadas zonas de luz que irradian del centro de la tela hacia los bordes son esenciales para causar efectos de profundidad.

Nada más semejante a una imagen del universo mismo, que «es dentro de su horizonte, como un agujero negro invertido en el tiempo»1 que esas circulares piezas que se exhiben en Bellas donde una única figura se lanza al abismo, o hala su astro o providencia (esos artilugios-corazones) en medio del vacío insondable de la tela.

Vistos más bien desde su declaración íntima más manifiesta sobre el hombre, la incomunicación y su azar, los ritos del silencio sufren una transubstanciación nada «divina» en la obra que expone Bellas Artes. Porque más que la ceremonia de la mudez del hombre, de su impasibilidad ante el destino individual y la historia, estos «ritos», a los que Bejarano alude en su título, nos refieren la transgresión más violenta que implica el desafío del individuo ante su historia, su providencia o su mundo. Bejarano no nos introduce en las ceremonias del mutismo (como bien dice los títulos de todas sus obras, los Ritos del silencio, solo identificadas en este caso por un número y por el nombre de la serie), sino más bien se convierte de hecho en aquel que nos enfrenta a normas o convenciones que permitan una reflexión filosófica que induzca a violar esa consagración al parecer fatalista del hombre ante la soledad, la enajenación o los azares de su suerte (un único tema recurrente y ejecutado con muchas variaciones por el artista). Bejarano se torna así en el sacrílego perfecto de sus propio ritos, de sus invenciones , en las que perdura siempre el sostenido silencio. Me he permitido esta lectura, que como cualquier otra de un espectador individual, me permite una recepción humanista, capaz de creer que el hecho de la representación plástica ya implica denotar un hecho, proclamarlo y que en esa revelación, de cierto modo no deja de estar la huella de nuestra esperanza.

Una filosofía del devenir , la de Bejarano es una poética que perfila nítidamente a Hegel, «no existe nada que no constituya una situación intermedia entre el ser y la nada». Para ello las metáforas más diversas se suceden en el enfrentamiento de este aislado protagonista ante la progresión de la ventura de vivir (su única protección ante el vértigo del espacio voraz e inusitado ante el que se halla es ese único sombrero, por demás, su exclusiva individualización como individuo) .

Al mismo tiempo estas piezas, en su síntesis expresiva y su composición, no dejan de relacionarse con la autoconciencia del artista ante su propia obra y sus inicios como creador, cuando aún muy joven iba a los talleres de gráfica y disfrutaba de las mejores vallas que allí se hacían, de ahí el ser propenso a la economía que aflora en estas obras , asimismo esta última exhibición no se halla divorciada de la primera cuando se iniciara como artista, que tituló Huracanes cuando, aún de forma mucho más primaria, trabajaba los grandes formatos y el tema, todavía en germen, de la relación hombre-naturaleza.-

Al observar estos cuadros acude por analogía (en cuanto a la reflexión sobre la soledad del hombre y su representación en una tela por un pintor) esta valoración que Sartre hiciera sobre pinturas de Giacometti. «¿Cómo pintar el vacío?(...) En cada uno de sus cuadros, Gioacometti nos remonta al momento de la creación ex nihilo. Cada uno de ellos renueva la vieja interrogación metafísica: ¿por qué hay algo y no nada? Y sin embargo, hay algo: esa aparición obstinada, injustificable y redundante. El personaje pintado es alucinante porque se presenta bajo la forma de una aparición interrogativa.

»Pero ¿cómo fijarlo sobre el lienzo sin cercarlo con algún trazo? ¿Acaso no estallará en el vacío como un pez de profundidades abisales llevado a la superficie del agua?...»2

Como ya escribí alguna vez, la suya es la preocupación por sumergirse en el hombre para mirar al exterior y su entorno, es por eso que es difícil hallar una pieza en la que Bejarano no tenga como referente al ser humano La obra de Bejarano prosigue, quizá, en su mayor conquista que sigue siendo, como ya he escrito alguna vez, el revelarse como ineludible espiral. Pintura, en fin, que se realiza en las fronteras de la modernidad, y cuyas obsesiones recorren una estética de opuestos, una curva siempre ascendente en torno a su inacabada indagación de la verdad de lo humano.


1 Búsquese en la Red esta reflexión maravillosa de Stephen Hawking en su charla «El Principio del Tiempo».
2 Jean Paul Sartre. «Las pinturas de Giacometti». En Literatura y arte. Buenos Aires, Editorial Losada, 1966, pp. 272-273.

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